¡Bienvenido internauta! Soy Daniel, y me gusta escribir.
Acá vas a encontrar poemas, cuentos, canciones y todas esas ideas del fondo del placard.
Para escuchar mi música podés ir a mi bandcamp o al de Pezcuis.
Por hoy tengo un poco de mi poesía y un cuento para ustedes, espero que les guste :)
Una luz mortecina
Desde el banco de la plaza
Acaricia la ropa
De una estatua despintada
Que mira
A la gente
Que pasea en julio
Y la mira y la mira
Y nunca dice nada
Y la mira y la mira
Y nunca dice nada
Sobre esta ola de tristeza
Que rompe contra la arena
Llevándose a quienes amo
Arrastrándote sin piedad
Yo no voy a sentarme
En el banco de la plaza
Porque es fácil rendirse
A ser estatua resignada
Y mirar
A las cosas
Sin darles mucha importancia
Y mirar y mirar y mirar
Y nunca decir nada
Y mirar y mirar y mirar
Y nunca decir nada
Sobre esta ola de tristeza
Que rompe contra la arena
Llevándose a quienes amo
Arrastrándote sin piedad
Yo no voy a quedarme sentado
No quiero morir en vano
Mientras el mar te está llevando
Arrastrándote sin piedad
Arrastrándote sin piedad
Arrastrándote sin piedad
Bajo el manto tenebroso de la noche
Juan le teme a los ruidos del patio
Y entre las sombras una araña
Termina de tejer su red
Sobre la mesa de luz un arma
Juan le teme a la voz de su mente
Y detrás de la pared un ángel
Que ya nada puede hacer por él
Adelante, adelante,
Cruza el campo de batalla
La figura solitaria
De tu voz
Dentro de la casa nadie habla
Juan no está, se fue a volar muy alto
Y entre las calles los extraños
Lo ven y quieren ser como él
Y nos dijo así:
Del dolor de este pantano
Nacerá en tu pecho
una catedral
En el espacio liminal, nada tiene sustancia. Las formas son cambiantes e inestables. Lo único que pareciera sugerir un orden son las callejuelas numeradas, que, más regularmente que no, se suceden entre las salamandras y la ceniza. Salvo las calles, todo lo demás sólo permanece en tanto y cuanto alguien se idee que existe. Y como todos los que hemos venido a parar aquí lo hemos hecho por temerosos e indecisos, la realidad nos espeja y opera también ella acorde a nuestra cobardía.
En mi juventud sabía recorrer más de doscientas calles en una jornada. En ese momento, me consumía la idea de llegar a la callejuela primera, la que daría inicio a la cuenta, que, mirara por donde mirara, llegaba a los seis dígitos. Y así fue que pasé la mayor parte de mi existencia en veredas derruidas, caminando hasta que mis fuerzas cedían, y sustentándome únicamente con las sobras que dejaban otros viajeros perdidos como yo, cada uno en su propio rumbo, quizá tan arbitrario como el mío. Solo tomábamos lo mínimo y necesario, y sabíamos cuidar los restos recordándolos, al menos por unas horas, para que perduraran en la existencia hasta la llegada del próximo viajero.
La idea fija de ver descender la cifra de las calles era todo cuanto podía pensar. Atravesé calles prístinas, con olor a tilo, calles derruidas, donde abundaban los lobos y las ratas, y largas extensiones sin calle alguna, donde los días se volvían imposibles de medir. Al querer desandar el camino, los seres que habitaban en las callejuelas y sus características nunca eran las mismas, excepto aquellos que recordase con precisión. Y así fue que, en una de mis innumerables marchas por este espacio liminal, vi la inscripción. Tallada en la piedra por una mano antigua, entre dos calles cualesquiera, llevaba una encantación que prometía el fin del hechizo. La inspeccioné, con la displicencia de aquella mi juventud, y vi en su escritura agrietada un engaño arcano y falaz.
Así continuaron mis días, y el número jamás dejó de tener seis terribles cifras. No hay sol o luna con los que medir el tiempo, pero mi corazón sabe secretamente que ya estoy pronto a morir. También lo saben mis piernas, gastadas de tanto andar. Recién ahora me doy cuenta de la triste realidad aritmética de que jamás llegaré a la callejuela primera, ni aunque viviera cien vidas más. Por eso he tomado una última resolución. Antes de dar mi último aliento volveré a ver la inscripción.
Para lograr esto olvidaré todo cuanto haya visto en mi vida. Todas las formas y configuraciones que dejaron su marca sensible en mi recuerdo han de ser destruidas. Esta historia de mi viaje será incinerada en el preciso instante en que coloque el punto final. Nada que no recuerde será revelado a mis sentidos: el punto fijo de la inscripción será la única característica de las callejuelas numeradas. Con su llamado me guiaré entre las esquinas y veredas infinitas y eso será lo último que haré.
Finalmente entiendo que la numeración de las calles, la única cosa invariable de este laberinto en el que ahora estoy por morir, siempre fue un detalle inconsecuente. Alguien o algo talló esa inscripción en la pared, y al yo recordarla, podré encontrar la salida de este mundo de indefinición. Lo mismo podría haber sido un ladrillo particularmente rojo o un zócalo con forma de conejo. Y quizás alguien recordará en la hora de su muerte, para su propia salvación, la inscripción y el hombre muerto a su lado.